La tensión narrativa de La mujer de arena (3)

Desde las primeras líneas, el lector sabe que Jumpei va a desaparecer, lo que no sabemos es cómo, ni cuándo. Por eso cuando el pobre infeliz busca por la playa el insecto y habla con el viejo de la aldea, el lector sabe de antemano que algo malo va a suceder; esta intriga empuja a leer con más ansiedad. Abe Kôbô utiliza las herramientas del género detectivesco, generando sobre todo suspense más que sorpresa. Como el lector sabe que el protagonista va a desaparecer, interpreta los adelantos (o las pistas) que el autor va sembrando. Así por ejemplo cuando Jumpei al principio de la novela observa un escarabajo amarillento y el narrador nos explica que “Estos insectos poseen en japonés el elegante nombre de “portadores de letras”, y presentan rasgos graciosos, pero en realidad tienen agudas mandíbulas y son feroces por naturaleza, hasta el punto de comerse entre ellos”[1], el lector no puede evitar sentir una sensación cercana al terror porque sabe que en cualquier momento la gente de la aldea se dejará ver como lo que son: unos escarabajos.

Este desasosiego se acrecienta cuando Jumpei  decide pasar la noche en una de las casas semienterradas de la aldea.  Abe Kôbô muestra un gran manejo de la narrativa y de los niveles de conocimiento del lector  respecto a los personajes. Así cuando Jumpei pregunta a la mujer de arena si se puede dar un baño y ella le contesta: “Lo siento muchísimo, pero ¿no podría esperar hasta pasado mañana?[2], Jumpei, ajeno a lo que pasa, se lo toma como una equivocación, pero nosotros sabemos que no es así. Una intriga sucede a la otra. Cuando Jumpei ya es consciente de que ha sido secuestrado, comienza a pensar en las formas de escapar, asistimos a sus intentos frustrados al mismo tiempo que vamos conociendo su flujo de pensamiento, su vida anterior al secuestro y somos testigos de la relación entre él y la mujer de arena.

Uno de los puntos clave de la novela es cuando Jumpei consigue escaparse y en su huida descubre que muchas de las familias condenadas a quitar la arena, tienen una soga para salir del agujero. Es un descubrimiento bastante impactante, no sólo para él sino para los lectores.  El hecho de que esas familias tengan la oportunidad de huir y, en cambio, permanezcan en la aldea, resulta turbador. ¿Es posible que estas familias prefieran la prisión a la libertad? Erich Fromm contestaría que por su puesto que es posible: se llama miedo a la libertad.

Según Scott L. Montgomery[3] Abe Kôbô utiliza una técnica estilística que llama reportaje, porque tiene una gran lógica narrativa, más adelante veremos de quién la ha aprendido, una gran lucidez y una atención al detalle. Además suele utilizar un lenguaje figurativo sencillo y muy expresivo como en este fragmento:

Rápidamente, la temperatura de la mañana llego a su previsible intensidad, haciendo hervir los sesos, los globos de los ojos, tostando los intestinos y quemando los pulmones[4] “.

(Continuara)


[1] Pág 21. Abe, Kôbô. La mujer en la arena. Siruela nuevos tiempos.

[2] Pág 31 Abe, Kôbô. La mujer en la arena. Siruela nuevos tiempos.

[3] Montgomery, Scott L. Reading Japan Through Its Writers Abe Kôbô and Oe Kenzaburo: The Problem of Selfhood in Contemporary Japan. Volumen II, 1984.

[4] Pág 113. Abe, Kôbô. La mujer en la arena. Siruela nuevos tiempos

La identidad en La mujer de la arena (2)

Uno de los temas que aparece en La mujer de la arena es la identidad. En realidad es un tema recurrente del autor, aparece en otras novelas como El rostro ajeno, donde se relata la vida de un hombre desfigurado, e incluso de una forma mucho más evidente en El hombre caja, donde lleva al paroxismo la idea de identidad con el relato de un hombre que los demás piensan que es una caja. Llevado al extremo, Abe parece plantear en sus argumentos un trasunto de la identidad en un sentido idealista: “ser es ser percibido”.

Pero volvamos a nuestro personaje, Niki Jumpei. Curiosamente no sabemos su nombre hasta la página 75, ya  en la segunda parte del libro; de nuevo, la idea de la falta de identidad. Abe Kôbô lleva al extremo esta sensación de ausencia de identidad, ya que no conocemos ningún nombre de los personajes que van apareciendo.  La forma en la que el narrador alude a cada uno de ellos es imprecisa: “La mujer de arena”, “la otra mujer”, “los hombres de la aldea”, “El hombre”; quizá el que tiene más rasgos identificativos es un colega de Jumpei al que llaman “Círculo de Moebius”. Abe Kôbô genera una atmósfera impersonal, pero como comenta Daniel Tubau en Nada es lo que es poner un nombre a alguien a menudo lo que hace es reducirlo, darle una supuesta identidad pero ocultar su complejidad real, su verdadera y necesariamente múltiple identidad. Por qué no pensar que Abe Kôbô lo utiliza de esta manera (continuará).

La inmortalidad en La mujer de arena de Abe Kôbô (1)


Abe Kôbô[1] comienza su novela La mujer de arena (Suna no Onna) con un hombre que busca la inmortalidad. ¿Cómo encontramos la inmortalidad en la era moderna? No partimos hacia peligrosos viajes como Gilgamesh o realizamos ejercicios secretos como los monjes taoístas, ni bebemos el elixir de la vida eterna de Paracelso. El método es mucho más prosaico, pero no por ello menos peligroso, como veremos en posteriores entradas. Niki Jumpei, protagonista de La mujer de arena, sólo precisa una red entomológica y un frasco para encontrar su sitio entre los inmortales.

Nuestro protagonista es un aficionado a la entomología y acude a una playa con la intención de encontrar un espécimen raro y sin clasificar al que ponerle su nombre, y así de esta manera conseguir la inmortalidad. No le importa que esa inmortalidad quede asociada a un escarabajo como así nos lo hace saber el narrador:“Sus esfuerzos serán coronados por el éxito si su nombre se perpetúa en la memoria de los hombres, aunque sea asociado a un insecto”[2].

Este descubrimiento le proporcionará una ventaja y un motivo para sentirse orgulloso ante sus colegas de trabajo y sus alumnos. Niki Jumpei es maestro de escuela. Esas ganas de “ser otro”, de tener una identidad nueva frente a los demás, es uno de los temas recurrentes de Abe Kôbô y una de las debilidades humanas más corrientes. Nuestra vanidad nos empuja a ilusionarnos con esas ensoñaciones que nos proporcionan una pequeña ventaja frente a los demás, como por ejemplo, descubrir un miserable insecto (continuará).


[1] He escrito el nombre del autor  siguiendo las directrices del orden propio de Japón: (apellido + nombre).

[2] Pág 19 Abe, Kôbô. La mujer en la arena. Siruela nuevos tiempos.