El dao de la traducción 1

Caracter daoEsta es la primera entrada sobre la traducción de El arte de la guerra, incluida dentro del ensayo El arte del engaño. Al modo de una novela por entregas, entrada por entrada, iré contando al lector la apasionante aventura que ha sido traducir este clásico de la literatura junto a Daniel Tubau. Empezaré por la traducción de un término conocido por muchos lectores aficionados a la cultura china: 道dào.

 

daodejingEn la China antigua dao era una palabra usada y conocida. Confucio la utiliza en sus Analectas y también forma parte de título de quizá la obra más conocida de China junto a El arte de la guerra, el Daodejing, el libro más importante del taoísmo.

La traducción de dao ha sido un rompecabezas porque es una palabra y un  concepto complejo. Como muchas palabras de todos los idiomas, tiene connotaciones y significados metafóricos. En chino clásico, dao puede ser camino, vía, curso, gobernar, modelodecir, explicar, arte, etc.

Pues bien, la primera aparición de dao (道) la resolvimos sin mucha dificultad.

La guerra es
lo más importante
para el estado,
el terreno de la vida
y de la muerte,
el camino (道) a la supervivencia
o la desaparición.

No puede ser ignorada.

En este caso optamos por camino porque nos pareció interesante mantener el juego conceptual y el paralelismo entre:

terreno (地) de la vida y de la muerte”

camino (道) a la supervivencia o la desaparición”.

Es un sentido de camino que hace que el espacio geográfico (camino, terreno) sirva como metáfora del tiempo en el que transcurren los acontecimientos: el terreno en el que los soldados están entre la vida y la muerte, el camino que va desde la existencia hasta la desaparición o supervivencia de los estados.

El problema llegó un poco después cuando nos encontramos con el segundo dao.

CONTINUARÁ

La tensión narrativa de La mujer de arena (3)

Desde las primeras líneas, el lector sabe que Jumpei va a desaparecer, lo que no sabemos es cómo, ni cuándo. Por eso cuando el pobre infeliz busca por la playa el insecto y habla con el viejo de la aldea, el lector sabe de antemano que algo malo va a suceder; esta intriga empuja a leer con más ansiedad. Abe Kôbô utiliza las herramientas del género detectivesco, generando sobre todo suspense más que sorpresa. Como el lector sabe que el protagonista va a desaparecer, interpreta los adelantos (o las pistas) que el autor va sembrando. Así por ejemplo cuando Jumpei al principio de la novela observa un escarabajo amarillento y el narrador nos explica que “Estos insectos poseen en japonés el elegante nombre de “portadores de letras”, y presentan rasgos graciosos, pero en realidad tienen agudas mandíbulas y son feroces por naturaleza, hasta el punto de comerse entre ellos”[1], el lector no puede evitar sentir una sensación cercana al terror porque sabe que en cualquier momento la gente de la aldea se dejará ver como lo que son: unos escarabajos.

Este desasosiego se acrecienta cuando Jumpei  decide pasar la noche en una de las casas semienterradas de la aldea.  Abe Kôbô muestra un gran manejo de la narrativa y de los niveles de conocimiento del lector  respecto a los personajes. Así cuando Jumpei pregunta a la mujer de arena si se puede dar un baño y ella le contesta: “Lo siento muchísimo, pero ¿no podría esperar hasta pasado mañana?[2], Jumpei, ajeno a lo que pasa, se lo toma como una equivocación, pero nosotros sabemos que no es así. Una intriga sucede a la otra. Cuando Jumpei ya es consciente de que ha sido secuestrado, comienza a pensar en las formas de escapar, asistimos a sus intentos frustrados al mismo tiempo que vamos conociendo su flujo de pensamiento, su vida anterior al secuestro y somos testigos de la relación entre él y la mujer de arena.

Uno de los puntos clave de la novela es cuando Jumpei consigue escaparse y en su huida descubre que muchas de las familias condenadas a quitar la arena, tienen una soga para salir del agujero. Es un descubrimiento bastante impactante, no sólo para él sino para los lectores.  El hecho de que esas familias tengan la oportunidad de huir y, en cambio, permanezcan en la aldea, resulta turbador. ¿Es posible que estas familias prefieran la prisión a la libertad? Erich Fromm contestaría que por su puesto que es posible: se llama miedo a la libertad.

Según Scott L. Montgomery[3] Abe Kôbô utiliza una técnica estilística que llama reportaje, porque tiene una gran lógica narrativa, más adelante veremos de quién la ha aprendido, una gran lucidez y una atención al detalle. Además suele utilizar un lenguaje figurativo sencillo y muy expresivo como en este fragmento:

Rápidamente, la temperatura de la mañana llego a su previsible intensidad, haciendo hervir los sesos, los globos de los ojos, tostando los intestinos y quemando los pulmones[4] “.

(Continuara)


[1] Pág 21. Abe, Kôbô. La mujer en la arena. Siruela nuevos tiempos.

[2] Pág 31 Abe, Kôbô. La mujer en la arena. Siruela nuevos tiempos.

[3] Montgomery, Scott L. Reading Japan Through Its Writers Abe Kôbô and Oe Kenzaburo: The Problem of Selfhood in Contemporary Japan. Volumen II, 1984.

[4] Pág 113. Abe, Kôbô. La mujer en la arena. Siruela nuevos tiempos

La identidad en La mujer de la arena (2)

Uno de los temas que aparece en La mujer de la arena es la identidad. En realidad es un tema recurrente del autor, aparece en otras novelas como El rostro ajeno, donde se relata la vida de un hombre desfigurado, e incluso de una forma mucho más evidente en El hombre caja, donde lleva al paroxismo la idea de identidad con el relato de un hombre que los demás piensan que es una caja. Llevado al extremo, Abe parece plantear en sus argumentos un trasunto de la identidad en un sentido idealista: “ser es ser percibido”.

Pero volvamos a nuestro personaje, Niki Jumpei. Curiosamente no sabemos su nombre hasta la página 75, ya  en la segunda parte del libro; de nuevo, la idea de la falta de identidad. Abe Kôbô lleva al extremo esta sensación de ausencia de identidad, ya que no conocemos ningún nombre de los personajes que van apareciendo.  La forma en la que el narrador alude a cada uno de ellos es imprecisa: “La mujer de arena”, “la otra mujer”, “los hombres de la aldea”, “El hombre”; quizá el que tiene más rasgos identificativos es un colega de Jumpei al que llaman “Círculo de Moebius”. Abe Kôbô genera una atmósfera impersonal, pero como comenta Daniel Tubau en Nada es lo que es poner un nombre a alguien a menudo lo que hace es reducirlo, darle una supuesta identidad pero ocultar su complejidad real, su verdadera y necesariamente múltiple identidad. Por qué no pensar que Abe Kôbô lo utiliza de esta manera (continuará).

La inmortalidad en La mujer de arena de Abe Kôbô (1)


Abe Kôbô[1] comienza su novela La mujer de arena (Suna no Onna) con un hombre que busca la inmortalidad. ¿Cómo encontramos la inmortalidad en la era moderna? No partimos hacia peligrosos viajes como Gilgamesh o realizamos ejercicios secretos como los monjes taoístas, ni bebemos el elixir de la vida eterna de Paracelso. El método es mucho más prosaico, pero no por ello menos peligroso, como veremos en posteriores entradas. Niki Jumpei, protagonista de La mujer de arena, sólo precisa una red entomológica y un frasco para encontrar su sitio entre los inmortales.

Nuestro protagonista es un aficionado a la entomología y acude a una playa con la intención de encontrar un espécimen raro y sin clasificar al que ponerle su nombre, y así de esta manera conseguir la inmortalidad. No le importa que esa inmortalidad quede asociada a un escarabajo como así nos lo hace saber el narrador:“Sus esfuerzos serán coronados por el éxito si su nombre se perpetúa en la memoria de los hombres, aunque sea asociado a un insecto”[2].

Este descubrimiento le proporcionará una ventaja y un motivo para sentirse orgulloso ante sus colegas de trabajo y sus alumnos. Niki Jumpei es maestro de escuela. Esas ganas de “ser otro”, de tener una identidad nueva frente a los demás, es uno de los temas recurrentes de Abe Kôbô y una de las debilidades humanas más corrientes. Nuestra vanidad nos empuja a ilusionarnos con esas ensoñaciones que nos proporcionan una pequeña ventaja frente a los demás, como por ejemplo, descubrir un miserable insecto (continuará).


[1] He escrito el nombre del autor  siguiendo las directrices del orden propio de Japón: (apellido + nombre).

[2] Pág 19 Abe, Kôbô. La mujer en la arena. Siruela nuevos tiempos.

¿Cómo ven los chinos a los coreanos y japoneses?

Es lógico que los españoles o los europeos en general no sepamos muy bien cómo distinguir a un chino, de un japonés o coreano. Las facciones son realmente parecidas.

Tengo la suerte de estar en Yunnan, que es una provincia donde viven más de veinte minorías chinas, por lo tanto, he podido comprobar con mis propios ojos la diferente fisonomía de los chinos. Con todo, muchas veces, ni siquiera los propios chinos pueden distinguir quién es coreano o japonés.

La forma de distinguir a unos y a otros, y cuidado que nos introducimos en el terreno de los esteriotipos, es por la actitud y la expresión. Para muchos chinos, los japoneses tienen un rictus rígido, una cara estresada y poco relajada. A los coreanos les distinguen por las maneras, ya que son excesivamente corteses y extremadamente obedientes. Por ejemplo, cuando beben agua delante de alguien, apartan la cara y beben de lado como signo de respeto.

Respecto a la obediencia de los coreanos, me acuerdo de lo que cuenta Malcolm Gladwell en uno de los últimos capítulos de Fuera de serie. Hace algunos años, la compañía área nacional de Corea del Sur tenía unos índices altísimos de accidentes aéreos. Llamaron a unos expertos norteamericanos para que investigaran y descubrieron que lo que ocurría en los aviones consistía en  un problema lingüístico. Por lo visto el idioma coreano refleja las relaciones de respeto entre las personas de una forma tan exagerada que el lenguaje limita una actuación de urgencia en las cabinas de los aviones. Se solucionó utilizando el inglés. Esto me hace pensar en qué medida el lenguaje condiciona  nuestra vida e incluso nos hace pensar de una forma diferente.

El templo eterno

El templo eterno

En Japón, en la ciudad de Ise, se encuentra el templo sintoísta más antiguo e importante de Japón, el santuario de Ise, dedicado a Amaterusa, diosa creadora de Japón y ascendiente directa del emperador japonés.  Hay que aclarar que después de la segunda guerra mundial el emperador Hirohito se vio obligado a firmar la “Declaración de humanidad” y pasó a ser un hombre normal y corriente.  Para algunos japoneses certificar en un papel si eres o no un dios no vale para nada, así que todavía hay personas que consideran que el actual emperador es un dios en la tierra. Sea un hombre o un dios, Akihito es el único que, junto con una serie de monjes escogidos, puede traspasar las puertas del Santuario de Ise.

El templo de Ise no tiene nada que ver con nuestras catedrales. Esta hecho con piezas de madera que se van ensamblando con cuerdas sin necesidad de utilizar clavos o mampostería.  La edificación original es posible que se remonte a tres siglos antes de nuestra era. Se preguntará el lector, al ver la fotografía, cómo es posible que un edificio de madera se haya conservado como nuevo durante más de veinte siglos. La respuesta es que el templo de Ise siempre es nuevo. Cada veinte años se destruye y se vuelve a construir  en un terreno cercano. La última renovación se realizó en 1993, quedan dos años para que se inicien de nuevo las obras.

La reconstrucción del templo de Ise forma parte de un complejo rito sintoísta. Los expertos no se ponen de acuerdo acerca de por qué se comenzó a hacer este ritual. Walter Gropius opinaba que se debía a una necesidad de mantener un estado de perfección constante en el edificio debido a su carácter sagrado. Hay una teoría que afirma que la destrucción del templo cada veinte años se debe a la necesidad de transmitir el conocimiento técnico. Estaríamos hablando de  un fenómeno parecido al de la francmasonería, cuyo origen quizá fue conservar y trasmitir el conocimiento de la construcción de las catedrales y castillos.

Explicaciones  hay muchas, pero lo interesante del asunto es pararse a pensar qué es el Santuario de Ise. ¿Qué identidad tiene si cada veinte años cambia de materia y de lugar?  ¿Será el templo de 2013 el mismo que el de 1993?  Aunque sin ritos sintoístas por medio, tal vez deberíamos pensar lo mismo de la catedral de León, pues no queda ni una sola piedra del original. Dejo al lector con esta reflexión.

El crisantemo y la espada

El capítulo quinto de la cuarta temporada de Mad Men se titula El crisantemo y la espada en referencia al libro que en 1944 escribió la antropóloga  Ruth Benedict sobre Japón.  En Mad men, creo recordar, llegaba a la empresa un grupo de ejecutivos de Honda buscando una agencia de publicidad. Don Draper lee el libro de Ruth Benedict para entender la idiosincrasia japonesa y de esta manera tener éxito con los ejecutivos japoneses.

El capítulo me ha hecho recordar este libro que, en realidad, expone ciertas imágenes de los japoneses de los años cuarenta y su interpretación por parte de una antropóloga norteamericana. Es necesario saber que el libro está basado en entrevistas a los japoneses que llegaban de Japón a Estados Unidos en tiempos de guerra, ya que la antropóloga no podía viajar para realizar trabajo de campo. Muchos lectores se acercaban al libro porque les sorprendía mucho ciertas aptitudes japonesas como que preferían morir antes de ser capturados. Todavía nos sorprendemos con las historias de los kamikazes.

El libro es muy entretenido y de fácil lectura. Lo que me llama la atención de este ensayo y, de casi todo lo que leo relacionado con China, Japón y Corea es que el planteamiento general que se hacen los investigadores es desde la extrañeza y la distinción radical hacia el otro o la otra cultura, cuando, creo que si profundizamos un poco y nos despojamos de cierto folclore no nos distinguimos tanto. Las ambiciones, el deseos y los anhelos de los hombres son casi universales. Todos queremos vivir más o menos bien, no tener preocupaciones, no sentir miedo y estar seguros. Por supuesto el lugar donde nacemos y vivimos marca de forma irreversible el destino de los hombres y el alcance de sus ambiciones.

Las historias de los japoneses que retrata Benedith cuanta más cómo son esas restricciones culturales, las imposiciones morales y los mecanismos de control político, que en realidad cómo es un japonés. Y esto que en definitiva puede sonar a perogrullada, es importante tenerlo en cuenta, porque el japonés de Benedith es una persona que viene de una educación marcial, recordemos que en los años treinta,  la política japonesa se militarizó y además gobernados por un emperador, que es un dios en la tierra.

Teniendo estos datos, quizá podemos dar más sentido a los kamikazes, que son, en definitiva, como los cruzados, dispuestos a morir por su dios y su patria.