El dao de la traducción 1

Caracter daoEsta es la primera entrada sobre la traducción de El arte de la guerra, incluida dentro del ensayo El arte del engaño. Al modo de una novela por entregas, entrada por entrada, iré contando al lector la apasionante aventura que ha sido traducir este clásico de la literatura junto a Daniel Tubau. Empezaré por la traducción de un término conocido por muchos lectores aficionados a la cultura china: 道dào.

 

daodejingEn la China antigua dao era una palabra usada y conocida. Confucio la utiliza en sus Analectas y también forma parte de título de quizá la obra más conocida de China junto a El arte de la guerra, el Daodejing, el libro más importante del taoísmo.

La traducción de dao ha sido un rompecabezas porque es una palabra y un  concepto complejo. Como muchas palabras de todos los idiomas, tiene connotaciones y significados metafóricos. En chino clásico, dao puede ser camino, vía, curso, gobernar, modelodecir, explicar, arte, etc.

Pues bien, la primera aparición de dao (道) la resolvimos sin mucha dificultad.

La guerra es
lo más importante
para el estado,
el terreno de la vida
y de la muerte,
el camino (道) a la supervivencia
o la desaparición.

No puede ser ignorada.

En este caso optamos por camino porque nos pareció interesante mantener el juego conceptual y el paralelismo entre:

terreno (地) de la vida y de la muerte”

camino (道) a la supervivencia o la desaparición”.

Es un sentido de camino que hace que el espacio geográfico (camino, terreno) sirva como metáfora del tiempo en el que transcurren los acontecimientos: el terreno en el que los soldados están entre la vida y la muerte, el camino que va desde la existencia hasta la desaparición o supervivencia de los estados.

El problema llegó un poco después cuando nos encontramos con el segundo dao.

CONTINUARÁ

Máodùn (Contradicción)




Durante mi viaje a China conocí a una mujer excepcional: Ivo. Una andaluza de padres belgas, cuyos antepasados remotos, me atrevo a suponer, son como mínimo de las tribus vikingas del norte de Europa. Por su boca lo mismo salen sapos y culebras como chistes geniales y anécdotas hilarantes, todo ello expresado en un andaluz barriobajero intencionado. Ella fue la que me dijo: “Cuando entiendas la lógica china, entenderás mejor el idioma”.
Yo, como soy una persona muy influenciable, me guardé estas palabras como si fueran un mantra y llevo tiempo intentando desentrañar el misterio: ¿qué forma de pensar hay detrás de esos ojos rasgados?
A continuación os detallo el estado de mis investigaciones, siempre, fijándonos en la lengua china.
En chino hay muchas palabras compuestas:“avión” es “maquina de volar” (fēijī), al igual que “carro de fuego” (huǒchē) es tren. Este mecanismo también se emplea en palabras indeterminadas como “cosa”, que en chino se dice dōngxi que significa “este-oeste”, que podemos interpretar como “lo que hay entre el este y el oeste”. Lo curioso de este asunto es que la sabiduría popular occidental ha intuido muy bien este mecanismo: es bastante viejo el chiste que dice que portero en japonés es “notocobola”.
Hasta aquí, si lo comparamos con el español, no hay muchas diferencias, nosotros tenemos palabras compuestas parecidas, algunas más metafóricas, como tragaldabas, y otras menos, como telaraña.
Siguiendo con este mecanismo, existe un caso curioso, el de la palabra contradicción: máodùn (矛盾) significa literalmente lanza-escudo.
Hanfei, un filósofo chino de la época del primer emperador, cuenta la historia de esta palabra. Un hombre vendía espadas y escudos en el reino de Chu. Con la intención de vender sus escudos proclamaba:
“Mis escudos son tan sólidos que nada los puede traspasar”. De sus lanzas decía: “Son tan buenas que no hay nada que no traspasen”. Entonces alguien preguntó: “¿Con tus lanzas se traspasan tus escudos?” El comerciante se quedó pasmado ante esta contradicción. Y de esta anécdota viene la palabra contradicción.
Me pareció una manera curiosa de formar una palabra y estaba ya a punto de darle la razón a Ivo y admitir que los chinos tenían una lógica extraña, pero entonces me di cuenta de que el problema de las lanzas que lo atraviesan todo y los escudos que no son atravesados tiene su equivalente en un célebre dilema occidental: “¿Qué sucedería si un obus irresistible chocase contra una fortaleza inexpugnable?”. Como en el caso de las lanzas y los escudos, no hay respuesta, o al menos creía yo hasta que mi amigo  Daniel Tubau me dijo que sabía qué pasaría si el obús irresistible chocase contra la fortaleza inexpugnable: “Sucedería algo inenarrable”.

China, año 221 antes de nuestra era


El año 221 es una de las fechas claves de la historia de China porque señala el  nacimiento del país y su unificación  bajo el primer emperador Qin Shihuang.

Fueron muchas las circunstancias que permitieron esta unificación.  El debilitamiento de la dinastía Zhou, las constantes disputas de los estados combatientes, el desarrollo de la burocracia, el ordenamiento administrativo… En esta entrada me ocuparé de una de ellas: los caballeros Shih.

Shih es una expresión china que tiene diferentes  connotaciones dependiendo de la época y del contexto.  Puede significar maestro o sabio pero también se ha utilizado para referirse a hombres  con poderes mágicos. En la época preimperial, se denominaba caballeros Shih a los advenedizos, es decir, aquellos hombres que no tenían un origen noble, pero que habían conseguido una buena posición social. Muchos de estos hombres eran consejeros de gobierno, como Daniel Tubau comenta en su artículo Fidelidad e infidelidad en la China caballeresca , si bien muchos otros eran burgueses, guerreros e incluso campesinos. Se debe tener en cuenta que el  poder en esta época  estaba en manos de los nobles y había una escasa movilidad social. Según un estudio de Cho-Yun Hsu había cerca de 713 activistas políticos de dudosa cuna durante el periodo de los Estados Combatientes.

A partir de Confucio, según The Cambridge History of China, aumentó el pensamiento racional, porque ya no sólo especulaban los sabios y maestros, sino también pensadores individuales no afiliados a ninguna escuela. Muchos de estos hombres y escuelas surgieron de la clase emergente de los Shih y lógicamente los debates se centraban en los problemas políticos y sociales.

Un caballero Shih fue el comerciante Lü Buwei   吕不韦 , que ha jugado un importante papel en la historia China e incluso en la creación del imperio. Veamos por qué.

En el año -250, Lü Buwei  se convirtió en canciller del estado de Qin bajo el mando del rey Zhuangxiang. A la muerte del rey, en el año -247, desempeñó el papel de regente del hijo del rey, Zheng, que tenía 13 años y quién sabe si por entonces en la mente adolescente de este muchacho se fraguó la idea de convertirse en el primer emperador de toda China.

No puedo resistir hacer un comentario un tanto chismoso pero de extrema importancia en la historia de China: en el  Shiji史記 [Los registros históricos ] de Sima Qian se sugiere que Zheng en realidad era hijo del comerciante Lü Buwei. ¡Jugoso cotilleo!

Volviendo a nuestro tema.  El comerciante y ahora canciller Lü Buwei quería convertir  el estado de Qin en centro intelectual de la zona y para ello se dedicó a reclutar académicos a los que ofrecía grandes sumas de dinero. En el Shiji se afirma que acudieron más de tres mil sabios a la corte.  Además ordenó transcribir todo lo que se había aprendido de los académicos en un texto que se conoce como Los anales del señor Lü (呂氏春秋). En la Wikipedia se explica que Lü mando colgar este texto en la puerta del mercado de Xianyang, capital de Qin, ofreciendo dinero a los estudiosos viajeros que pudieran sumar o restar algún carácter.

Este es uno de los ejemplos de caballeros Shih, pero hay muchos más en  otras épocas y lugares.

Saltemos ahora al Japón de la época Samurái.

Efectivamente podemos encontrar un paralelismo similar en la historia japonesa unos veinte siglos después de los Qin; me refiero a la transición del Shogun a la restauración Meiji que tuvo lugar a finales del siglo 19. La Restauración Meiji, no supuso tan sólo un cambio en las altas esferas, al recuperar el emperador el poder y perderlo el shogun (señores feudales), sino que implicó cambios en profundidad que condujeron a la desaparición del feudalismo y la unión efectiva del país bajo un gobierno central.

La conversión de los daimyo en gobernadores de las tierras que antes habían sido suyas y la introducción del derecho a la propiedad (explícito en el artículo XXVII del capítulo II de la Constitución Meiji), potenció el desarrollo y ascenso de una clase social hasta entonces incipiente, la burguesía. La clase más perjudicada por las reformas fue la de los samuráis, que fue abolida en tanto que clase, perdiendo sus prerrogativas. En su lugar se instauró un ejército moderno siguiendo los patrones occidentales, lo que permitió a Japón pasar del aislacionismo de siglos a la imitación de expansionismo e imperialismo occidental, ejemplificado en sus victorias sobre China (1894-95) y sobre Rusia (1904-05).

La adopción de la economía de mercado y del capitalismo de empresa hizo que, al final de la era Meiji, Japón fuera la primera potencia industrial asiática y una de las más importantes del mundo.

Como última reflexión, no quiero hacer una defensa de la economía de mercado capitalista,  porque  hay que recordar que el nuevo poder japonés degeneró en un régimen fascista en los años treinta, que provocó el comienzo de la segunda guerra mundial, originada en el Pacífico antes que en la Alemania de Hitler, como muchas veces ha señalado mi colega Daniel Tubau. Sin embargo, si quiero hacer una breve reflexión acerca del poder de la burguesía, de la motivación que el hombre tiene cuando su propio beneficio está en juego. Los nuevos ricos, como los llamamos despectivamente, son los que actualmente están cambiando China. Tal vez no debamos despreciar, amigos de izquierdas, el poder trasformador del beneficio propio, aunque sí debamos controlar a través de impuestos y derechos como la seguridad social, la educación, la vivienda que el reparto sea más equitativo entre los que tienen más y los que tienen menos.

La historia de China en Vivir de Yu Hua

Una de las características de Vivir de Yu Hua es que el lector puede reconocer la historia, de una forma natural e insinuada, que es como normalmente conocemos todos nosotros la historia que acontece cada día. Los personajes se topan con la historia, sin que sean conscientes de lo que está ocurriendo exactamente. En ningún momento de la novela, se nombra “El gran salto adelante”, pero vemos como la familia de Fugui, protagonistas de la novela, se esfuerza por fundir el acero, lo que provocará una fuerte recaída de Jiazhen, su mujer, además del hambre, que será protagonista de las siguientes páginas:

“A partir del cierre de la cantina, todas las familias en el pueblo se quedaron sin patrimonio, y la vida se fue haciendo cada vez más difícil.”

Otro tanto ocurre con la guerra civil china. Al pobre Fugui le enrolan por la fuerza en el bando nacionalista de Jiang Jieshi[1].  Y Fugui se ve luchando sin saber por qué. En realidad nadie sabe muy bien qué hay que hacer. Ni los altos mandos se acaban de enterar, Fugui sólo cree vagamente que Jiang Jieshi vendrá a liberarlos. Hay un momento gracioso, cuando Chunsheng, el amigo de la guerra de Fugui, como el ruido de las bombas no le deja dormir, grita a los del frente enemigo para que dejen de dar cañonazos. Esta visión humorística de la guerra, recuerda a la que describe José Luis Berlanga en “La Vaquilla” a propósito de la guerra civil española.  Guillermo Montesinos quiere intercambiarse con un soldado del otro frente porque ambos tienen sus novias en bandos contrarios.

La única excepción a esta historia insinuada es en el caso de la “Revolución cultural”; los personajes de Yu Hua sí conocen esta rebelión por su nombre.  Muchos expertos en literatura china contemporánea, piensan que este tipo de novelas se mueven dentro de los parámetros de una crítica políticamente admitida, en la que se critica más la Revolución Cultural que otros atropellos, entre otras cosas, porque Deng Xiaoping fue uno de los damnificados.  Es posible. Quizá es cierto que no se ha tratado con profundidad la peregrina y absurda idea de convertir en China en la primera potencia productora de acero a base de los woks de los campesinos. Si bien veo una diferencia entre ambos hechos históricos.  “El gran salto adelante” es un error económico, gravísimo, de una ignorancia que duele, pero la “Revolución cultural” tiene una connotación todavía más desagradable en un sentido ético. “El gran salto adelante” mató de hambre a veinte millones de personas, la “Revolución cultural” mató moralmente a ochocientos millones de chinos.

Vivir lo muestra cuando la adolescente guardia roja se lleva al jefe de equipo del pueblo por no encontrar a nadie con quién saciar su borrachera de poder. Nadie en el pueblo hace nada realmente efectivo por aquel pobre hombre que no es culpable de nada. Ese miedo y esa cobardía sin duda hicieron sentirse culpables a muchos de los hombres que vivieron esa pesadilla.

(Continuará)


[1] Chiang Kai-shek

Uso y abuso del primer emperador chino

En la anterior entrada, hablé de cómo los  historiadores chinos justificaban los cambios de dinastía recurriendo al concepto de “Mandato del cielo” (Tianming). Los emperadores que gozaban de él, gobernaban en paz; pero si sus sucesores lo perdían, la dinastía podía ser sustituida por otra. El problema surge cuando nos encontramos con dinastías en las que existe sólo un emperador.

Afortunadamente para los historiadores, hay pocos casos de dinastías con un único emperador. Una de ellas es la de Wu Zetian, la única mujer que proclamó su propia dinastía, la Zhou. El otro ejemplo es ni más ni menos que el primer emperador de China, Qin Shihuang, que aunque tuvo sucesores, debido a un cúmulo de traiciones y suicidios forzados, no duraron ni tres años. Liu Bang, hasta entonces un funcionario, se proclamó primer emperador de la dinastía Han en el año 202 antes de nuestra era.

Resultaba complicado acomodar a Qin Shihuang al modelo historiográfico del “Mandato del cielo” porque los Han no podían afirmar que el primer emperador tenía el “Mandato del cielo”  y que en cambio sus herederos lo habían perdido, ya que estos ni siquiera habían tenido tiempo para equivocarse demasiado. En primer lugar porque Qin Shihuang era un emperador detestado por los Han, lo que hacía difícil aceptar que hubiese tenido alguna vez el “Mandato del cielo”. Por otra parte, si consideraban a Qin Shihuang un usurpador, entonces no podían justificar la existencia de la China unificada que habían heredado de él.

Los historiadores Han decidieron retroceder a los años anteriores a la unificación de China por Qin Shihuang para explicar por qué un emperador cruel y sanguinario, que nunca tuvo el “Mandato del cielo”, sin embargo, unificó China. Para ello recurrieron a una anécdota histórica, conocida y escrita, la historia del intento de asesinato del rey Qin (el futuro emperador de C hina). Es una historia que el lector conocerá si ha visto la película Hero de Zhang Yimou. La película se basa en el texto “El atentado contra el rey Zheng de Qin” recogido en el clásico Zhanguo Ce (Estrategias de los Reinos Combatientes).

En estos textos, no se habla de las virtudes del emperador, sino de las flaquezas  y deficiencias del asesino Jing Ke y el resto de conspiradores. Estas personas, aunque bien intencionadas, no cumplieron con los requisitos necesarios para tener éxito en su misión. En consecuencia, el primer emperador chino unificó China, pero no por sus propios méritos sino por la flaqueza de sus enemigos.

Actualmente, la figura de Qin Shihuang sigue siendo un problema pero también una solución. Un problema porque un emperador, cualquier emperador, no encaja con la ideología comunista. Una solución, porque, los actuales gobernantes chinos, al igual que hicieron los Han en su momento, han utilizado al primer emperador para su propio beneficio, como se muestra precisamente en la película mencionada, Hero, cuyo final está claramente dictado por los interesantes del Partido Comunista.

En efecto, el director, Zhang Yimou, va un poco más lejos que los historiadores Han y nos muestra a un asesino que tiene a su merced al rey de Qin, pero que decide no matarlo porque comprende que, aunque va a ser un emperador sanguinario, también gracias a él China será unificada y se convertirá en el mayor imperio del mundo.

No se debe pensar que son casuales las semejanzas que la película deja entrever entre el primer emperador y Mao Zedong, en las que quizá el lector también haya pensado. Mao es para el partido comunista una figura equivalente al primer emperador. No sólo reunificó China de nuevo, sino que es el legitimador del poder del que goza el Partido Comunista chino en la actualidad. El problema es que la China de hoy no debe su éxito al Gran Timonel sino al Pequeño Timonel, Deng Xiaoping, que inició las reformas económicas tras la muerte de Mao, sacando de la pobreza a 300 millones de chinos y poniendo las bases que ha permitido a China situarse como segunda potencia mundial. Aunque el partido comunista ha comenzado a reconocer algunos de los crímenes y desastres causados por Mao, comparables a los del primer emperador, como la hambruna provocada por “El gran salto adelante” y los crímenes y la destrucción cultural de la mal llamada “Revolución Cultural China”, no puede prescindir de la figura de Mao. En efecto, Mao Zedong es la única fuente de legitimación del poder que ejerce el Partido Comunista en China.

La bonanza económica y las continuas reformas están poco a poco ayudando al Partido Comunista a conseguir una nueva legitimidad pero, por si acaso, todavía no se han atrevido a descolgar la fotografía gigante de Mao Zedong que preside la Plaza de Tiannament.

El mandato del cielo en China

En el año 221 antes de nuestra era, el rey Zheng conquistó los últimos reinos rivales y se autoproclamó primer emperador de China. Es conocido con el nombre de Qin Shihuang, que significa primer emperador de los Qin. Su imperio duró apenas veinte años, pero su influencia se ha mantenido durante más de dos mil años de historia, incluso en la china comunista de nuestros días. A pesar de ello, Qin Shihuang es un personaje extremadamente controvertido y ha dado más de un quebradero de cabeza a los historiadores. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos; antes tenemos que conocer mejor al protagonista de este artículo.

Qin Shihuang es conocido sobre todo por el ejército de guerreros de terracota encontrados en su mausoleo en Xian: ocho mil figuras modeladas a tamaño real, caballeros, soldados de infantería, ballesteros e incluso caballos. Lo más sorprende es que cada guerrero tiene un rostro diferente, de tal manera que no hay dos iguales. Qin Shihuang también llevó a cabo grandes obras públicas, como una red de carreteras de cerca de 6.800 kilómetros, que facilitaba el desplazamiento de su ejército, y la recaudación de impuestos. Ordenó levantar los primeros tramos de lo que luego sería la Gran Muralla China, terminada definitivamente durante la dinastía Ming (1368 -1644), y construyó grandes obras hidráulicas que mejoraban el rendimiento agrícola. Qin Shihuang no sólo unificó territorialmente China también normalizó los pesos y medidas, unificó la moneda y la escritura china.

Déjenme tomar prestadas a Borges sus palabras en La muralla y los libros para adentrarnos en la parte más oscura de la personalidad del primer emperador:

Leí, días pasados, que el hombre que ordenó la edificación de la casi infinita muralla china fue aquel primer emperador, Shi Huang Ti, que asimismo dispuso que se quemaran todos los libros anteriores a él. Que las dos vastas operaciones –las quinientas a seiscientas leguas de piedra opuestas a los bárbaros, la rigurosa abolición de la historia, es decir del pasado– procedieran de una persona y fueran de algún modo sus atributos, inexplicablemente me satisfizo y, a la vez, me inquietó.

Quin Shihuang no sólo ordenó la quema de los libros, haciendo desaparecer la mayoría de los textos de las Cien Escuelas, una época de una riqueza cultural comparable, quizá, a la Grecia clásica, sino que ordenó la matanza de 460 letrados, a los que enterró vivos. Sus grandes obras, entre ellas la incipiente Gran Muralla, se realizaron con miles de prisioneros. Uno de los castigos más frecuentes del código penal de los Qin era la condena a trabajos de construcción, de la que era muy difícil salir con vida. Su fama de sanguinario hace de él una especie de Hitler de la antigüedad China.

Tras el reinado de Qin Shihuang, se instauró una de las dinastías más admirada por los chinos, la Han (-206/220), la época dorada de China, aunque últimamente muchos sinólogos reclaman este honor para la dinastía Tang (618907).

Al llegar al poder, los historiadores Han se enfrentaron a un problema. Por un lado, tenían que justificar la caída de Qin, lo que parecía fácil teniendo en cuenta las atrocidades cometidas por Qin Shihuang; pero, por otro lado, los Han quería conservar su mayor logro: la unificación territorial de China. Los Han tenían que resolver esta contradicción, que es muy semejante a la que mencionaba Borges: aceptar a Qin Shihuang es cuento menos inquietante.

Pero éste no era el único problema: la existencia de Qin Shihuang alcanza de lleno la línea de flotación de la historiografía de la China imperial. Para saber por qué, es necesario desviarnos un poco e intentar conocer algunos conceptos fundamentales de la historiografía china antigua.

Los historiadores chinos concebían la historia como una sucesión de ciclos formados por un por un periodo inicial próspero, en el cual el emperador ostenta un gran poder y mantiene al pueblo contento; una fase intermedia en la que hay momentos de éxito combinados con cierta decadencia al perderse los valores iniciales; y un ocaso inevitable, cuando la corrupción del gobierno o la desidia de los emperadores provocan la sublevación del pueblo y la consiguiente caída de la dinastía.

La llegada al poder de una dinastía, su mantenimiento y su caída está determinada por el “Mandato del cielo”  (Tianming). En efecto, el cielo (Tian) permite a los emperadores gobernar sólo si ejercen de forma acertada el poder. Por ello cuando el gobierno no se comporta como es debido, los emperadores pierden el “Mandato del cielo”. Esta concepción, que nos puede sonar un poco extravagante y exótica, es casi por completo equivalente a la manera en la que se justificaban las monarquías europeas: “Por la gracia de dios”. Más de una vez el Papa justificó y alentó la caída de un rey alegando que había perdido el favor de dios. Además, el propio Papa ejercía de intermediario de esa gracia divina cuando coronaba a los emperadores. En el Policraticus de Juan de Salisbury se dice explícitamente que si un rey pierde el favor divino puede ser asesinado. Del mismo modo, también en China, la pérdida del “Mandato del cielo” fue utilizada por los confucianos, y en especial por Mencio, para justificar el cambio de dinastía. La idea del “Mandato del cielo” ha permitido a cualquier usurpador legitimar su acceso al poder y el cambio de dinastía, ya se tratase de generales rebeldes o de líderes campesinos, como Zhu Yuanzhang, el primer emperador de la dinastía Ming (1368–1664).

Como puede imaginar el lector cada vez que había un cambio de dinastía en China, los historiadores tenían trabajo extra, porque debían reescribir la historia dejando bien claro que la última dinastía acabó, como siempre, perdiendo el “Mandato del cielo”, y que la nueva lo había obtenido. Las ideas cíclicas dinásticas y la noción del “Mandato del cielo” son dos conceptos muy útiles para justificar cualquier cambio. Pero plantean a veces problemas casi insolubles como el que se refiere al reinado del primer emperador. De eso y de cómo lo solucionaron hablaré en la próxima entrada Uso y abuso del primer emperador chino.

Los felices años veinte japoneses

En el terreno cultural, los felices años veinte también llegaron a Japón. Durante esta época se vivió un periodo de libertad. Ian Buruma lo describe así:

“El Tokio de la era Taisho estaba marcado por un hedonismo veleidoso, a veces nihilista, que recuerda el Berlín de Weimar. Una cultura que más tarde sería etiquetada con tres palabras: ero, por erótico, guro, por grotesco, y nansensu, por sinsentido”.

Esa modernidad se reflejaba en la imagen de la mujer. Las chicas modernas se vestían como las occidentales y se sentían liberadas, aunque el modelo de buena esposa y madre sabía, el más tradicional, todavía existía en la sociedad japonesa.

Durante la Primera Guerra Mundial, la economía japonesa iba viento en popa. Pero a su término se produjo una recesión entre 1920-1922, que provocó graves disturbios. Japón perdía los mercados ganados durante la guerra europea y tenía una organización industrial deficitaria. Al final de la década también se vio afectado por la crisis mundial que provocó el crak de 1929.

Japón estaba viviendo una época políticamente inestable, culturalmente rica, con vaivenes económicos. Aires de cierta libertad, modas occidentales e ideas progresistas, que fueron apagándose según entraba en los años treinta.