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春节快乐

Orgullo y prejuicio y zombis descubre el verdadero arte de la guerra

ORGULLO PREJUICIO Y ZOMBIESEl escritor Seth Grahame-Smith en Orgullo y prejuicio y zombis, adapta el estilo y el argumento de Orgullo y prejuicio de Jane Austen y enfrenta a las hermanas Bennet a una legión de muertos vivientes. Recordemos que el argumento principal de la novela era la búsqueda de un buen marido para las cuatro mujeres de la casa. Los zombis, en la nueva novela, añaden un toque terrorífico a la ya desasosegada vida de las cuatro hermanas. Tanto en el clásico como en el pastiche actual una mujer instruida se distingue por conocer las artes femeninas, que en aquella época eran el canto, la lectura y el dibujo, entre otras cosas, pero en la novela de Grahame-Smith se añade el conocimiento de “las artes mortales”.

El autor demuestra que sabe de lo que habla, ya que hace que Elizabeth y sus hermanas estudien con los maestros chinos del templo de Shaolin mientras que los hijos de los ricos terratenientes se instruyen con maestros japoneses. Ya podéis adivinar que las hermanas Bennet llegan sanas y salvas al final del libro.

En la película Orgullo y prejuicio y zombis, el director y guionista Burr Gore Steers mantiene la misma dicotomía: las artes marciales japonesas distinguen a una familia de buena sociedad, pero si quieres sobrevivir es mejor estudiar con los maestros chinos.

El arte de la guerraHay un momento sublime y muy íntimo entre el director y los espectadores que conocen El arte de la guerra más allá del tópico. Se trata de una escena en la biblioteca en la que  Elizabeth, la hermana mayor de los Bennet, y Darcy tienen un sutil enfrentamiento intelectual en El arte de la guerra de Sunzi es el protagonista absoluto.

PERSONAJES
Bingley, enamorado de la hermana de Elizabeth.
Darcy, amigo de Bingley y atraído por Elizabeth.
Dos amigas más están en la biblioteca.

 

Entra Elizabeth.

 

 

BINGLEY
¿Cómo está?

ELIZABETH
Se ha quedado dormida.

BINGLEY
Estoy seguro de que repondrá. Por favor, acompáñenos, señorita Bennet.

ELIZABETH
Gracias, pero prefiero entretenerme sola con un libro.

  1. HURST
    ¿Prefiere la lectura a las cartas?

ELIZABETH
Prefiero muchas cosas a las cartas, señor Hurst.

AMIGA DE LA FAMILIA BINGLEY
(Hablando japonés) La mitad del mundo es incapaz de entender los placeres de la otra mitad.

ELIZABETH
No hablo japonés.

BINGLEY
No, claro que no. No entrenó en Japón. China, ¿verdad?

ELIZABETH
El templo Shaolin de la provincia de Henan. Fue ahí donde aprendí a soportar toda clase de incomodidades.

HERMANA DE BINGLEY
¿Puedo preguntarle por la naturaleza de tal incomodidad?

ELIZABETH
La verdad es que prefería hacerle una demostración.

HERMANA DE BINGLEY
Señor Darcy, ¿su hermana ha crecido mucho desde la primavera?

DARCY

Ahora es, aproximadamente, igual de alta que la señorita Elizabeth
Bennet.

HERMANA DE BINGLEY
No creo haber conocido nunca a una joven tan extremadamente bien dotada.

DARCY
La palabra “dotada” se aplica con demasiada generosidad a las jóvenes de hoy en día, pero mi hermana Georgiana merece dicha distinción. No solo domina a la perfección las artes femeninas, sino las mortales también. No puedo presumir de conocer a más de media docena, de entre todas mis conocidas, que estén tan bien dotadas como ella.

HERMANA DE BINGLEY
Yo tampoco, estoy segura.

ELIZABETH
Entonces, señor  Darcy,  debe usted incluir muchas cosas en su concepto de “mujer bien dotada”.

DARCY
Así es. Una mujer debe poseer amplios conocimientos sobre música, canto, dibujo, baile y lenguas modernas. Debe estar perfectamente adiestrada en los estilos de combate de los maestros de Kioto y en las tácticas y armas de la Europa moderna. Si no, solo merecería dicha distinción a medias.

ELIZABETH
¿Y conoce a seis mujeres así? Lo que dudo es que conozca a alguna.

DARCY
¿Tan severa es usted con su propio sexo?

ELIZABETH
Una mujer o está bien adiestrada o es muy refinada. En estos tiempos una no puede permitirse el lujo de poseer ambas cualidades.

Elizabeth coge un libro de la estantería.

DARCY

L´Art de la Guerre. El arte de la guerra.

ELIZABETH
¿No lo ha leído en su dialecto original, el wu?

DARCY
Pues no.

       ELIZABETH
(en dialecto wu) Sunzi bingfa (El arte de la guerra). Entonces, no ha leído “El arte de la guerra”. Debería volver con Jane.

Tengo que aclarar varias cosas y plantear un misterio.

En primer lugar, en realidad la actriz no dice en mandarín “El arte de la guerra” (Sunzi bingfa) y lo que dice no se parece en nada al mandarín. Podría tratarse de otra lengua china, como el shanghainés, el dialecto min de Fujian, porque hay muchas personas de esta zona en Estados Unidos. He preguntado a un matrimonio de una tienda china que son de Zhejiang que hablan un dialecto de la familia lingüística wu. Mis amigos no lo distinguieron, pero hay que tener en cuenta que esta es la zona de China con más diversidad lingüística. Otra posibilidad es que sea un dialecto de la provincia de Henan, en la que está el monasterio de Shaolin. Otra posibilidad más extravagante es que el director, que es sobrino ni más ni menos que de Gore Vidal haya querido insinuar que Elisabeth ha leído El arte de la guerra en su idioma original y que este idioma no sea chino, pues según una hipótesis Sunzi trabajó para el reino de Wu hacia el 512 a.e.  y ese reino no era propiamente chino sino de origen sureño (el gran sinólogo Victor Mair llama Ngwa a ese reino de Wu). En ese caso, se trataría de una referencia de alto nivel intelectual, que además no aparece en el libro de Grahame –Smith. A pesar de ello, el espectador entiende que ella sabe realmente de lo que habla y que ellos no tienen ni idea. Tal vez sea innecesario decir que eso le pasa a muchas personas que admiran rasgos de la cultura japonesa y menosprecian a China, sin saber que esos rasgos son importados de China. No solo las arte del combate, sino las de la pintura, el sushi, el juego del go y muchas más.

Wa, claves de la cultura corporativa japonesa

Wa (和) significa “armonía” en japonés y es la palabra que tres autores españoles han elegido para su último libro: Wa, claves de la cultura corporativa japonesa. Se trata de una declaración de intenciones poderosa, porque ya desde el título ofrece la clave para hacer negocios o trabajar con japoneses: hay que evitar el conflicto y mantener la armonía.

¿Y esto cómo se consigue? Me temo que hay que leerse el libro para saberlo, ya que es imposible reproducir el profundo análisis que los autores, Jorge Calvo García, Álex Fernández de Castro y Pedro Navarrete, hacen de la cultura del trabajo en Japón. El libro está lleno de datos reveladores, opiniones y experiencias de trabajadores españoles en Japón. También hay mucha información utilísima si se quiere iniciar con buen pie una relación de confianza. Una pista para abrir boca: los planteamientos cortoplacistas o de resultados no son la estrategia más adecuada.

Para cualquier persona que emprenda una relación de negocios o de trabajo con japoneses, este libro es imprescindible. Para el resto de los lectores, conocer otras culturas y aprender e incorporar los aspectos positivos es sin duda enriquecedor.

Esta reseña fue publicada en Zoom Japón España 

El dao de la traducción 1

Caracter daoEsta es la primera entrada sobre la traducción de El arte de la guerra, incluida dentro del ensayo El arte del engaño. Al modo de una novela por entregas, entrada por entrada, iré contando al lector la apasionante aventura que ha sido traducir este clásico de la literatura junto a Daniel Tubau. Empezaré por la traducción de un término conocido por muchos lectores aficionados a la cultura china: 道dào.

 

daodejingEn la China antigua dao era una palabra usada y conocida. Confucio la utiliza en sus Analectas y también forma parte de título de quizá la obra más conocida de China junto a El arte de la guerra, el Daodejing, el libro más importante del taoísmo.

La traducción de dao ha sido un rompecabezas porque es una palabra y un  concepto complejo. Como muchas palabras de todos los idiomas, tiene connotaciones y significados metafóricos. En chino clásico, dao puede ser camino, vía, curso, gobernar, modelodecir, explicar, arte, etc.

Pues bien, la primera aparición de dao (道) la resolvimos sin mucha dificultad.

La guerra es
lo más importante
para el estado,
el terreno de la vida
y de la muerte,
el camino (道) a la supervivencia
o la desaparición.

No puede ser ignorada.

En este caso optamos por camino porque nos pareció interesante mantener el juego conceptual y el paralelismo entre:

terreno (地) de la vida y de la muerte”

camino (道) a la supervivencia o la desaparición”.

Es un sentido de camino que hace que el espacio geográfico (camino, terreno) sirva como metáfora del tiempo en el que transcurren los acontecimientos: el terreno en el que los soldados están entre la vida y la muerte, el camino que va desde la existencia hasta la desaparición o supervivencia de los estados.

El problema llegó un poco después cuando nos encontramos con el segundo dao.

CONTINUARÁ

Chu [El árbol del cielo]

La filosofía se vale de la metáfora para explicar conceptos complejos y, en muchas ocasiones, paradójicos. Desde la antigüedad, y supongo que en casi todas las civilizaciones, la maquinaria de la filosofía ha creado una galería de seres y objetos filosóficos fascinantes. La tortuga que ganaba a Aquiles, con la que Zenón quiso explicar la paradoja de la inexistencia del movimiento; o el asno de Buridán que explica la dificultad de la toma de decisiones. En este jardín filosófico, también nos encontramos con objetos raros, que bien podrían ser parte de nuestros sueños, como la Alfombra de Sierpinski, que es infinita, al igual que la banda de Moebius, por donde caminan y caminarán eternamente las hormigas de Escher.

En China los filósofos también se valieron de objetos y animales para explicar su modo de entender el mundo. El caballo blanco de Gongsun Long que, siento deciros, “no es un caballo”; el bambú, con el que se explica la existencia de lo fuerte y flexible, en definitiva de la capacidad de adaptarte, algo de lo que se ha escrito mucho en la filosofía china. Precisamente de esta adaptabilidad habla también Bruce Lee en su famoso Be water my friend:

Uno de estos seres filosóficos chinos es el árbol de ailanto (樗), al que recurre Zhuangzi para hablarnos de la utilidad de lo inútil. Este árbol, que es alto y frondoso, tiene la característica de que su madera no sirve para la construcción y, por lo tanto, sobrevive en el bosque sin que nadie le preste atención. Es un árbol inútil, que no sirve para nada, peroZhuangzi dice:

Este árbol, del que lamentas su inutilidad,
¿por qué no lo plantas en las extensas
llanuras de la nada?
Paséate bajo él y duerme bajo su sombra.
Nunca conocerá los golpes del hacha
ni sufrirá daño alguno.
Su estado es lo inútil.
¿Qué podría entonces perturbarlo?

Sin embargo, con el tiempo, este árbol, el ailanto, que era conocido como “el árbol del cielo”, ha adquirido mala fama y sus días puede que estén contados. Los norteamericanos lo importaron de China para dar sombra a sus calles y, a veces, sobre todo en el barrio de Brooklyn, el árbol ha superado su cerco, creciendo en las grietas de las aceras o de las paredes, por lo que ahora es conocido como “el árbol que crece en Brooklyn” y muchos lo consideran una especie invasora, aunque a mi me parece de una hermosura apocalíptica encontrarme con un trozo de verde saliendo de la tumba del asfalto.

Parece que la propia historia del ailanto contradice la paradoja de Zhuangzi, sino fuera porque también la refuerza de algún modo, el ailanto dejó de ser inútil para dar sombra a los neoyorkinos. Y esa utilidad puede ser su perdición.

Kokoro, Natsume Soseki

«Creo que fue a mediados de octubre cuando un día me levanté tarde y por eso fui a clase apresuradamente, sin haber tenido tiempo de cambiarme a la ropa occidental» (Kokoro) 

Los barcos norteamericanos que llegaron a Japón eran llamados "barcos negros" porque eran buques de vapor.

El comodoro Matthew C. Perry fue enviado a Japón por el presidente Millard Filmore al mando de cuatro buques de guerra, entre ellos dos fragatas de vapor. Primero se quedaron en Uraga durante diez días. Más tarde regresaron con una flota más grande compuesta por seis barcos con más de cien cañones montados. Estos barcos fueron conocidos en Japón como «barcos negros» porque el casco era de ese color.

Tokio, año 1900, Natsume Soseki parte rumbo a Inglaterra desde el puerto de Yokohama, en el que siete años atrás había fondeado la flota de barcos negros comandada por el comodoro Perry y cuya presencia había obligado a Japón a romper el aislamiento con la comunidad internacional y abrirse comercialmente al mundo. Soseki hacía ahora el viaje a la inversa, enviado por el gobierno japonés a Londres para profundizar en el conocimiento de los ingleses, dejando atrás un país en transformación y a su mujer embarazada.

El viaje duraba dos meses a través de  una ruta por Singapur, India, Egipto, Italia y Francia. Cuando partió, ya  era un hombre con cierta experiencia del mundo y parece ser que tenía un carácter independiente y contracorriente. Por poner un ejemplo de su singular personalidad, muchos expertos y amigos de la época no se explican por qué decidió, cuando terminó la universidad, aceptar un trabajo de profesor de provincias en Matsuyama, cuando tenía la posibilidad de conseguir un puesto mejor y, sobre todo, con mayor prestigio social. Sin duda, la elección de este hombre como emisario de Japón en Inglaterra, ha significado mucho para las letras japonesas e incluso para el propio Soseki como analizaré más adelante, a pesar de que no quería aceptar esta misión y que la experiencia londinense fue bastante dura.

Después si trabajaría como profesor en la universidad, pero también lo dejaría para incorporarse al periódico Asahi, donde publicaría por entregas Kokoro. Los comentaristas de su obra no se explican la toma de decisiones de Natsume Soseki. Dejar la universidad para coger un trabajo en el periódico, era una mala decisión para la época.

 

Los viajes al extranjero se habían iniciado en la época del Shogunato, se estima que antes de la Restauración Meiji, unos 150 estudiantes viajaron a diferentes ciudades europeas. El objetivo era obtener conocimiento científico y tecnológico con vistas a adquirir el saber suficiente para desarrollar una fuerza militar poderosa. Después de las guerras del opio en China, la firma de los Tratados Desiguales y, por lo tanto, la humillación de China, los japoneses entendieron que debían conocer esa forma de hacer la guerra que era tan superior. De hecho, en 1853, la forma amenazante de la segunda visita del comodoro Perry apuntando con cien cañones el puerto de Yokohama parece darles la razón.

Japón inició la modernización empujado por la amenaza y pasó de un sistema feudal a un gobierno central gobernado por el emperador Meiji y fuertemente influenciado por la manera en la que se organizaban administrativamente Holanda, Alemania, Francia e Inglaterra. La victoria japonesa sobre la rusa zarista de principios del siglo XX, sorprendió a las naciones europeas y significó para muchas de ellas la entrada de Japón en la modernidad. Aunque algunos escritores de la época, deploran las razones de ese cambio de perspectiva, como Okakura Kakuzo: «Se había acostumbrado a considerar el Japón como un país bárbaro, mientras en él no se practicaban más que las artes pueriles de la paz; hoy se lo considera como un país civilizado, desde que se ha empezado a practicar el asesinato en gran escala en los campos de Manchuria».

Okakura fue, como Soseki, un intelectual de la época Meiji, si bien, adoptó una postura  diferente, ya que ante la influencia occidental optó por promocionar y enseñar a los occidentales las formas tradicionales japonesas. La idea de preservar la esencia japonesa de Okakura y otros intelectuales japoneses alimentó, por otro lado, las posturas nacionalistas extremistas. La postura de Soseki respecto a Occidente era también crítica: rechazaba la imitación  indiscriminada, pero no defendía la esencia japonesa. De hecho, todo lo que oliera a oficialismo le repelía, además,  Soseki no mostraba mucho interés por la historia, a diferencia de Mori Ogai o Akutagawa Ryunosuke. Esta falta de interés  podría ser la causa del rechazo a las posturas nacionalistas y sobre todo explicar su impulso en la búsqueda del individualismo. En este sentido, respecto a la literatura japonesa y occidental, Soseki decía: «Desafortunadamente, en la literatura, no creo que poseamos nada en nuestro pasado que podemos comparar con orgullo con la literatura de Occidente».

Soseki llegó a Londres a finales de septiembre de 1900, en una época en la que la reina Victoria regía el imperio más extenso de la historia: «los dominios de su majestad donde el sol nunca se pone» como escribió Christopher North. Si bien ese imperio iniciaba su decadencia, y Alemania y Estados Unidos pugnaban por un puesto en primera línea del mundo.

Picadilly Circus, 1900

Picadilly Circus, 1900

En el Londres de aquella época se necesitaba dinero para vivir entre los notables y la asignación con la que el  gobierno japonés dotaba a  Natsume Soseki era insuficiente. Soseki escribió con cierto amargura acerca de su estancia en la ciudad más poblada del planeta: «Los dos años que pasé en Londres fueron desagradables (…). Yo era como un perro callejero entre caballeros ingleses». Soseki observó que la sociedad inglesa estaba excesivamente controlada por el dinero y, movido por el resentimiento o quizá por la clarividencia, se dio cuenta de que no merecía la pena imitar las formas de vida de aquellos «jóvenes caballeros ingleses». Además de llegar a esta conclusión, en aquellos días, inició una investigación acerca de lo que era la  literatura: «Lo que llamamos literatura en el ámbito de los clásicos chinos y lo que se llama literatura en inglés debe pertenecer a dos diferentes categorías y no se puede subsumir en una sola definición (…). Ante esta situación, decidí, resolver la cuestión más fundamental: ¿Qué es la literatura? Al mismo tiempo, me hizo decidirme usar mi año restante (en Londres) como una primera etapa para llevar a cabo mis investigaciones sobre este problema».

La situación precaria en Londres, además del rechazo a la imitación de las maneras inglesas, provocó un fuerte aislamiento del escritor, que se pasó casi los dos años en su habitación leyendo de forma voraz, lo que lo convirtió en un hombre solitario y excéntrico. Tan excéntrico que uno de sus compatriotas informó al Ministerio de Educación japonés de que Soseki se había vuelto loco.

La soledad no solo fue un rasgo de la personalidad del escritor, también se refleja en su trabajo literario. En Kokoro, Soseki pone en boca de Sensei una reflexión acerca de los hombres que viven en la sociedad Meiji: «La gente de hoy, nacida bajo el signo de la libertad, la independencia y la autoestima, debe, en justa compensación, saborear siempre esta soledad». Soseki había llegado a la conclusión, a partir de su conocimiento de los dos mundos, Gran Bretaña y Japón,  de que el corazón del hombre es siempre solitario.

A pesar de su experiencia en Londres, Soseki supo transformar esa crisis y la tensión Occidente-Japón en algo nuevo, logró crear una nueva cultura fruto del mestizaje, apoyado en una investigación honesta e independiente.  Lo  que hizo que este viaje fuera tan trascendente para su vida y su trabajo es que en Londres entendió el significado de la búsqueda personal de «un sueño». Lo que hizo fue reafirmar de alguna forma lo que ya estaba  en él, pues, como se ha señalado,  Soseki muy pronto demostró tener una forma de ser muy independiente y, como buen conocedor del confucianismo, estaría profundamente influido por el neoconfucianismo de Zhu Xi, muy popular en Japón, y que puede llegar a chocar con las reglas sociales del confucianismo con su insistencia en ser honesto y seguir la propia fe.

Aplicado a la literatura, este seguimiento de un camino propio y la búsqueda del significado de la literatura, hizo que Soseki escribiera sus trabajos como una suerte de experimentación. Su primera novela, Soy un gato, responde a esta actitud en la que el autor escribe en primera persona, pero elige un gato como punto de vista. Kokoro es considerada su obra más importante. En ella están muchas de sus ideas y además es un reflejo de las tensiones de la vida japonesa en la época Meiji, en la que un estudiante japonés que viviera en Tokio se levantaba de la cama en quimono pero salía de casa vestido con traje. Soseki expresa en Kokoro esa convivencia de la tradición japonesa y las nuevas maneras occidentales: «Creo que fue a mediados de octubre cuando un día me levanté tarde y por eso fui a clase apresuradamente, sin haber tenido tiempo de cambiarme a la ropa occidental». Con una sutileza exquisita nos dice mucho sobre el protagonista de Kokoro solo aludiendo a su ropa, como cuando el protagonista utiliza quimono, cuando está con sus padres, que representan la tradición, o como cuando en el hospital guarda la carta de Sensei… en las mangas del quimono.

Kokoro, 1914

Kokoro cuenta en primera persona la historia de la amistad del narrador con una persona mayor que él, al que decide llamar Sensei (maestro en japonés) y  la mujer de este. En las dos primeras partes  se narra el encuentro con este hombre y el viaje del protagonista a casa de sus padres, ya que el padre está enfermo. La tercera parte es muy distinta, se trata de una carta que Sensei dirige al protagonista; en ella, confiesa una traición de juventud, que le ha perseguido durante su vida y que le ha conducido al suicidio.

Si buscamos la huella del confucianismo en Kokoro, la encontramos en muy diversas formas. En primer lugar, el confucianismo se localiza en la aldea, donde viven sus padres. Soseki contrapone la aldea con la ciudad y la generación de los padres, más tradicional, con la del protagonista. En un momento de la novela, Soseki escribe: «cada vez que yo volvía a casa, me traía de Tokio aspectos novedosos que mis padres ni apreciaban ni entendían. Lo diré con un ejemplo clásico, era como si trajera el olor del cristianismo a la casa de un confuciano». En otro momento, cuando el padre está moribundo, Soseki pone en boca del protagonista una reflexión sobre el deber filial: «También pensábamos que, si no iba a vivir, era mejor que el fin llegara cuanto antes. Era como si estuviéramos acechando su muerte. Nuestro deber filial, sin embargo, nos impedía reconocerlo. Así y todo, sabíamos muy bien lo que pensaba el otro.» Estos son aspectos muy concretos del confucianismo, si bien, la actitud final de Sensei en la novela parece estar muy de acuerdo con las ideas neoconfuncianas de Zhu Xi de la búsqueda de un camino propio para la redención. El filósofo chino pensaba que el hombre era bueno por naturaleza a pesar de hacer cosas malas. Soseki pensaba que el hecho de escribir una carta confesando la traición a su amigo y dirigirla a su joven amigo –el protagonista- de alguna forma le redimía, ya que intentaba enseñarle algo. Parece que Sensei encuentra su propio camino para hacer el bien.

El bien y el mal es uno de los temas de Kokoro, al igual que es uno de los temas de la ética confuciana. En una de las charlas del protagonista con Sensei, el primero da por supuesto que los hombres de campo son todos ellos buenos, pero el maestro le replica: «En realidad, la gente de los pueblos tiende a ser peor que la de la ciudad». Para añadir más adelante:«Crees que hay una especie de personas malas? Vamos a ver: la gente no sale hecha de un molde, o algo así, de personas malas. Generalmente, todas son buenas. Por lo menos, son normales. No obstante, en un momento dado, inesperadamente, la persona buena se convierte en mala. Es terrible. Por eso no hay que descuidarse ». Aquí parece notarse de nuevo la huella de Mencio y Zhu Xi.

En la novela aparece también el cristianismo, el budismo e incluso uno de los protagonistas, K, quiere leer el Corán. El cristianismo estuvo prohibido en Japón porque se consideraba el primer paso para el colonialismo.  Así lo explica M. Shibata  en Escrito en las cinco ruedas: «España envía primero a los misioneros para transmitir el cristianismo a un pueblo. Cuando los fieles son numerosos, España envía a los militares quienes, aliados con los fieles, pueden conquistar fácilmente esos países».

En la novela, el suicidio es un tema central. Sensei termina suicidándose y es al final de la novela cuando entendemos las razones de su carácter y el porqué de ese suicidio: se siente culpable por la traición a su amigo K. Según Jay Rubin, Soseki rechaza el suicidio como resolución de los problemas, pero, en cambio, la redacción de un testamento sincero como el que hace Sensei, en el que se describe algo auténtico con la intención de enseñar, ese propósito sí le parece bien. Además en la novela aparece el suicidio del general Nogi Maresuke, que se quito la vida junto a su esposa siguiendo el ritual samurái del junshi, que consiste en cometer suicidio siguiendo a tu señor, en este caso, al emperador Meiji y, de esta manera, redimirse.

El suicidio de este general afectó profundamente a la sociedad japonesa y Soseki lo refleja de manera directa cuando Sensei decide suicidarse siguiendo su ejemplo,  es decir, «siguiendo a su señor» (K, que también se ha suicidado siguiendo su estricta ética de bonzo del deber, el castigo y la culpa), hacia el Sensei siente una admiración y un complejo de culpa quizá injustificados. La causa real de todo lo sucedido es el silencio, las cosas nunca dichas, que van precipitando los acontecimientos hacia la fatalidad. Soseki parece lamentar en varias ocasiones ese rasgo «tan japonés» en Kokoro, como cuando Sensei no es capaz de expresar sus sentimientos por la señorita:«Tenía la fuerte convicción de que eso sería ir abiertamente en contra de la costumbre de la cultura japonesa». Tampoco dice nada a K, cuando todavía era posible encontrar una solución, y vive después durante años con su esposa sin sentirse capaz de revelar su supuesta responsabilidad en la muerte de K, ni intentar desvelar si ella llegó a estar enamorada de K (el general Nogi también pasó 35 años, como nos recuerda Sensei viviendo su remordimiento hasta decidirse a “seguir a su señor”). Pero Sensei no cambia de actitud ni siquiera después de muerto, al exigir al narrador que mantenga el secreto y no le diga nunca la verdad a la viuda. Parece bastar con ese rasgo tan cristiano que es la confesión secreta para redimirse de todos los errores y del daño causado y por causar, en este caso a la viuda, que quizá heredará ese sentimiento de culpa, pues previsiblemente ella se preguntará si es causante de la muerte de su esposo.

 

 

 

Dào (Una manera de encarar las cosas)

Dào es uno de los términos chinos más conocidos en Occidente, aunque hasta hace poco se escribía como “Tao” (“Dào” debe pronunciarse también “Tao”). Para muchos es un concepto místico o religioso, una idea que se ha extendido debido a la concepción espiritual que se tiene del lejano oriente. Esta imagen mística de Asia es un tema fascinante, ya que nace de un montón de prejuicios falsos. Aunque ya escribió en los setenta Edward Said acerca de este asunto en Orientalismo, aquí, en este lado del mundo llamado Occidente, seguimos teniendo prejuicios muy parecidos a los de entonces. En el Gabinete oriental  intento desmontar estos prejuicios, aportando datos y experiencias basados en la semejanza más que en lo diferente. Intento pensar que los demás, en este caso los chinos, son como nosotros, una lección que me enseñó Mark Twain cuando dijo que conocía a la humanidad porque se conocía a sí mismo, y que en él mismo estaba todo lo bueno y lo malo de la humanidad. Volviendo al tema del dào y de la concepción orientalista, el sinólogo Albert Galvany fue uno de los primeros en observar que los traductores españoles de El libro de la virtud y el camino (Daodejing, antes llamado Tao Te King) tenían la costumbre de dejar sin traducir el término dào y además solían escribirlo con la primera letra en mayúsculas: Dào. Esta grafía conduce inevitablemente al lector a relacionar el dào con otro concepto que en español se suele escribir parecido: Dios. También supongo que el estilo metafórico y el lenguaje a veces poético o críptico del Daodejing es un factor que favorece al efecto místico. Si además Laozi, el autor del Daodejing, nos dice que el dào es inefable, es decir, que no se puede explicar, entonces estamos casi condenados a no entender nada, porque después de eso, a ver quién es el loco que se decide definir qué diablos es eso del dào. Yo soy esa loca. Y me atrevo a decir que lo que quería decir Laozi es que cualquier explicación es insuficiente e inadecuada, lo mismo al hablar del dào que al explicar un chiste o un poema: se puede explicar, pero la explicación no contiene la gracia del chiste o la belleza del poema. Antes de proseguir con este arrebato de locura, hay que aclarar que el dào es un término muy usado en la filosofía china, no sólo en el taoísmo sino en otras escuelas filosóficas. Cuando algún pensador se preguntaba qué era el dào, lo que investigaba era cuál es el camino que los hombres y el gobierno debían tomar. Las principales escuelas de la filosofía china tienen diferentes interpretaciones acerca de lo que el hombre debería hacer o no hacer. Para Laozi, el hombre debe retirarse, abandonar las pasiones; Confucio, en cambio, creía en un hombre social motivado por la benevolencia; Han Feizi proponía las leyes y la educación. Al saber esto, ya no nos sorprende tanto que Laozi pensara que el dào no se puede definir: se puede discutir, se puede idealizar, se puede mejorar, se puede explicar, como un chiste o un poema, pero si se expresa de una forma precisa y cerrada, se estropea. Esta imprecisión es muy difícil de entender en un mundo, tanto aquí como allí, en el que las personas nos definimos constantemente: soy de izquierdas, soy madre, soy mujer, y al definirnos nos ajustamos o encerramos en nuestra propia definición. El dào, en cambio, es algo que no se sitúa en ningún lado, que no tiene identidad, sólo es la búsqueda del camino que hay que seguir en cada momento, un camino que cambia y se transforma porque el ser humano y la sociedad cambian y se transforman. No es una fórmula que puedas aplicar a cualquier cosa, es una manera de encarar las cosas. Tal vez por eso, el carácter dào (道) está compuesto por el radical 辶(chuò) que significa “caminar” y el componente首 (shǒu) “cabeza”, porque, vayamos donde vayamos, debemos caminar sin perder la cabeza, es decir, con sensatez.